miércoles, 13 de diciembre de 2006

Sensación de hogar


Mis dos primeros años, viví, a unos pocos kilómetros del pueblo, realmente no sé cuál fue el motivo de por qué mis padres decidieron comprarse una casa en el pueblo de al lado. Ibamos casi todos los días a ver a mis abuelos, muchas veces andando (mi madre, yo iba en carrito), a ella siempre le gustó andar. De aquella primera casa sé poco, que era fría y tenía las paredes grises, que era un primero, que al salir del portal había césped y que estaba rodeada de edificios iguales, como casi todas las partes modernas de los pueblos del sur de Madrid. Al nacer mi hermano se decidió vender la casa, e irnos al pueblo donde vivían mis abuelos. Al piso de arriba, y esa fue mi asa, donde he pasado la mayor parte de mi vida, y la que aún cuando voy hoy, encierra muchos de mis secretos que hacen eco en las paredes. Era mejor, pasábamos más tiempo allí, mi madre siempre había estado muy vinculada a mis abuelos, la única hija, y se perfilaba como la persona idónea para ocuparse de ellos mientras se iban haciendo mayores. Mi padre era de otra zona de España, al sur, había dejado todo en el momento de nacer yo, hasta ese momento, viajaba constantemente y pasaba largas temporadas fuera, por eso tarde tanto tiempo en nacer después de la boda de mis padres. El dejo todo, su oficio, su familia, su tierra, y tenía que empezar una nueva vida, cosa que más adelante le costó, su dignidad, su orgullo y autoestimas y no ha sido hasta hace poco que se ha recuperado de ello... casi treinta años después....
La nueva casa a mi me encantaba, siempre me gustó vivir allí, no había vecinos, el garaje, en el primero mis abuelos y en el segundo nosotros. No era un chalet, estaba compuesta como un edificio de dos plantas con las viviendas independientes. Lo había mandado construir mi abuelo en uno de los terrenos de mis bisabuela María, que tenía muchos y los vendió todos, en su lugar construyeron edificios de muchos apartamentos excepto en esta parcela. En cada bloque vivían la mayor parte de los hermanos de mi abuelo, seis, porque les habían tocado en el reparto..
Hasta que empezamos a vivir allí, era mi tía abuela Tomasa y su marido los que la ocupaban. Se conservaron los muebles de la cocina, que aún hoy siguen estando igual, todo lo demás se cambió. La casa ni grande ni pequeña, un gran salón, una cocina, un baño, dos habitaciones, y dos terrazas, una grande y una pequeña. Mi recién nacido hermano y yo íbamos a dormir en la misma habitación. Esto fue algo que me marcaría, y no ha sido hasta hace poco que me he dado cuenta.
La casa de mis abuelos era exactamente igual, pero en vez de terraza pequeña tenía un patio, mi abuela y mi madre siempre se comunicaron a voces a través de este patio, o a través del portal, las puertas siempre estaban abiertas o con las llaves puestas en invierno.
Siempre había visitas, siempre había gente, mi abuelo era el patriarca y la familia giraba alrededor de él, así que yo desde el principio estuve rodeado de mi familia, sobretodo de gente mayor, porque mis primos mayores eran demasiado mayores y los demás aún no habían nacido.
Como al parecer era muy "rico" y muy "mono" pues no había me que cogiera o me trajera algún regalo o me sacar de paseo.
Los recuerdos más remotos que tengo de mi casa, a parte del momento en le que nos fuimos a vivir allí, son dos. El primero es cuando me caí por las escaleras con el tacatá, este artilugio de metal y con ruedas que enseña a andar a los niños (unos estudios hace poco han descubierto que es peor) me hice mi primera cicatriz en la cabeza, un susto para todos. Mi madre dice que fue mi hermano el que se cayó, pero fui yo realmente, eso no me lo pueden negar porque aún tengo la cicatriz bien visible, es una de las razones por las que me fío más de mi memoria que de la suya. El segundo es cuando cambiaron la barandilla del portal ¡Ay! Que vértigo me daba subir y bajar, fue la primera vez que sentí esa sensación hasta entonces no conocía el vértigo, y me acompaña esa misma sensación hoy en día cuando me acerco a un precipicio o no tengo una protección cerca; bajaba y subía pegado a la pared, con los ojos medio cerrados porque la fuerza del abismo me llamaba a tirarme, dicho así parece que fuera muy alta la escalera pero mucho, y además casi no había hueco por donde caer.
Mi casa, todo su conjunto, se convirtió en mi universo, el garaje fue un lugar siempre misterioso, lleno de cosas y extraños olores. El portal sería mi escenario donde podía pasar horas jugando, hablando conmigo mismo, cantando y escuchando el retumbar de los sonidos. Luego la casa de mis abuelos, donde pasábamos mucho tiempo cuando mis padres salían, y la casa de arriba la mía de verdad donde estaba mi habitación (y la de mi hermano) siempre revuelta y desordenada. Y algo se me olvidaba, un pequeño cuarto, al lado de la puerta de garaje que era el más misterioso de todos para mí, olía a humedad, no había luz, siempre lleno de cajas de catones y con un sonido de tic-tac muy rápido que se oía sobre todo cuando encendíamos la luz del portal, era el cuarto de los contadores, donde acababan todas las cosas que ya no se querían tener más n casa y nunca se sacaban de allí por si acaso.
De todos estos lugares y de otros hablaré en repetidas ocasiones, porque todos ellos guardan parte de mí y fue mi primer hogar. Todavía digo que voy a mi casa cuando voy a ver a mis padres, aunque hace años que no vivo en ella.

martes, 12 de diciembre de 2006

¿Imágenes confusas?


Hay imágenes que siempre que siempre se confunde en mi cerebro, que están ahí que las tengo como mías, pero que realmente no estoy tan seguro que sean mías o que sean fruto de relatos que he oído y yo me apropié de ellas y me puse como protagonista. Es esa etapa en la que aún no se tiene conciencia de uno mismo. Sin embargo hay otras escenas que no son confusas, que son tan claras, como si hubieran pasado ayer mismo.
Me veo jugando con mi tío abuelo Eusebio, en la acera de enfrente de la casa mi casa, jugaba a quitarle el bastón, era divertido, y me gustaba. Mi tío Eusebio siempre iba con bastón, era uno de los hermanos más mayores de mi abuelo, no tuvo nunca hijos, y estaba casado con Paca, una señora que le sobrevivió unos cuantos años y que hacia la vida imposible a la familia, porque se volvió loca. El siempre vestía de negro y con una camisa blanca, era muy delgadito y con la piel arrugada y oscura, siempre reía. Cuando jugaba con é, mi abuela vigilaba desde el balcón, Paca también, y se reían porque él me perseguía con el bastón y yo se lo quitaba y corría. También veo perfectamente le momento en el que Eusebio murió, fue un palo para la familia, no solamente por eso, si no porque en el mismo momento en el que le dieron a mi tía abuela Rosa la noticia ella murió en ese mismo instante de la impresión. Fueron unos días oscuros de muchas lágrimas, aunque ya eran mayores, nadie se lo esperaba. Mi madre me dice que es imposible que me acuerde de esto, porque yo era demasiado pequeño.
Otra de las cosas que sé que me gustaban era estar con mi bisabuela María, sé que me cogía en brazos, y que me cantaba nanas, siempre estaba sentada en el sillón verde del salón. El sillón nos acompañó más de media vida, les costó deshacerse de él, raspaba mucho. Ella era ya muy mayor, vivía en casa de mis abuelos murió a los 96 años, de ese momento no tengo percepción alguna. También mi madre dice que es muy difícil que recuerde a mi bisabuela porque murió cuando yo tenía 2 años.
Sean mías estas imágenes o construidas más tarde, son los recuerdos más lejanos que tengo de mí, los primeros, más atrás no hay nada. Lo más curioso es que aunque se confundan con otros recuerdos en la línea del tiempo, si cierro los ojos veo estos momentos con claridad, siempre la misma secuencia, y tengo la certeza que sea por lo que sea, han sido las primeras cosas que se han quedado grabadas en mi.

Cero horas, Cero minutos


Retrocedo al momento cero, hasta que ya no puedo ir más atrás, más allá es la nada. Es duro distiguir el principio del principio. Nuestros recuerdos más remotos empiezan cuando nuestra vida ya lleva algún tiempo andada, y nos tenemos que conformar con los relatos de nuestros padres y familiares sobre cómo era aquel principio del que tú por mucho que esfuerces no recuerdas como algo tuyo si no como los recuerdos de otros sobre tí. No deja de ser extraño recordate a través de otros, pero es lo ñunico que tenemos de aquellos primeros momentos de las cero horas, cero minutos.

Nací a finales de diciembre, un lunes, frío y lluvioso de madrugada en Madrid. Era el primer hijo de mis padres, que trás dos años de intentos al final vieron hecho su sueño realidad. Un sueño que seguramente algunas veces fue una pesadilla, pero no en aquel instante. Exactamente no sé el hospital en el que nací, ni siquiera la hora exacta proque mis padres nunca se han puesto de acuerdo entre el nacimineto de mi hermano (dos años menos) y yo. Sin lugar a dudas, sé que era clavadito a mi madre, siempre me lo han dicho hasta más o menos la adolescencia, que entonces ya me parecía más a mi padre. Aunque claro esto depende de quien te lo diga, lo que está claro es que soy hijo de mis padres, en eso puedo estar tranquilo.

Lloraba lo normal, se ve que que no daba mucha guerra, siempre he escuchado lo bueno que era en comparación con mi hermano cuando era bebé. Y poco más puedo contar de aquello hasta que comienzan mis primeros recuerdos.

Razón de ser




Desde hace ya algún tiempo quería escribir este diario. Un diario retrospectivo donde plasmar mis recuerdos antes de que se borren del todo algún día. Muchas de las cosas que quiero contar son fantasmas con los que me tendré que luchar, momentos de mi vida que jamás he contado pero que han estado dando vueltas en mi cabeza sin poder salir, será una forma de liberarlos, de volverme a encontratar con ellos cara a cara y no de espaldas. Momentos que me han marcado y que quiera o no quiera han hecho que hoy sea como soy.


Empezaré desde el principio, buscaré en lo más profundo para rescatarlos otras veces no tendré que buscar porque están ahí atormentándome intermitentemente cuando todo parece estar en calma. No siempre estarán ordenados los recuerdos, pues la mente involuntariamente los mezcla, o se mezclan ellos mismos para evitar ser liberados con facilidad. Siento la necesidad de desenredar toda la madeja para llegar a entender mi vida mejor, una vida que es como todas las demás, con sus altibajos, sus momentos de gloria y sus miserias, pero que al fin y al cabo es mi vida y por ello para mi es especial...