
Mis dos primeros años, viví, a unos pocos kilómetros del pueblo, realmente no sé cuál fue el motivo de por qué mis padres decidieron comprarse una casa en el pueblo de al lado. Ibamos casi todos los días a ver a mis abuelos, muchas veces andando (mi madre, yo iba en carrito), a ella siempre le gustó andar. De aquella primera casa sé poco, que era fría y tenía las paredes grises, que era un primero, que al salir del portal había césped y que estaba rodeada de edificios iguales, como casi todas las partes modernas de los pueblos del sur de Madrid. Al nacer mi hermano se decidió vender la casa, e irnos al pueblo donde vivían mis abuelos. Al piso de arriba, y esa fue mi asa, donde he pasado la mayor parte de mi vida, y la que aún cuando voy hoy, encierra muchos de mis secretos que hacen eco en las paredes. Era mejor, pasábamos más tiempo allí, mi madre siempre había estado muy vinculada a mis abuelos, la única hija, y se perfilaba como la persona idónea para ocuparse de ellos mientras se iban haciendo mayores. Mi padre era de otra zona de España, al sur, había dejado todo en el momento de nacer yo, hasta ese momento, viajaba constantemente y pasaba largas temporadas fuera, por eso tarde tanto tiempo en nacer después de la boda de mis padres. El dejo todo, su oficio, su familia, su tierra, y tenía que empezar una nueva vida, cosa que más adelante le costó, su dignidad, su orgullo y autoestimas y no ha sido hasta hace poco que se ha recuperado de ello... casi treinta años después....
La nueva casa a mi me encantaba, siempre me gustó vivir allí, no había vecinos, el garaje, en el primero mis abuelos y en el segundo nosotros. No era un chalet, estaba compuesta como un edificio de dos plantas con las viviendas independientes. Lo había mandado construir mi abuelo en uno de los terrenos de mis bisabuela María, que tenía muchos y los vendió todos, en su lugar construyeron edificios de muchos apartamentos excepto en esta parcela. En cada bloque vivían la mayor parte de los hermanos de mi abuelo, seis, porque les habían tocado en el reparto..
Hasta que empezamos a vivir allí, era mi tía abuela Tomasa y su marido los que la ocupaban. Se conservaron los muebles de la cocina, que aún hoy siguen estando igual, todo lo demás se cambió. La casa ni grande ni pequeña, un gran salón, una cocina, un baño, dos habitaciones, y dos terrazas, una grande y una pequeña. Mi recién nacido hermano y yo íbamos a dormir en la misma habitación. Esto fue algo que me marcaría, y no ha sido hasta hace poco que me he dado cuenta.
La casa de mis abuelos era exactamente igual, pero en vez de terraza pequeña tenía un patio, mi abuela y mi madre siempre se comunicaron a voces a través de este patio, o a través del portal, las puertas siempre estaban abiertas o con las llaves puestas en invierno.
Siempre había visitas, siempre había gente, mi abuelo era el patriarca y la familia giraba alrededor de él, así que yo desde el principio estuve rodeado de mi familia, sobretodo de gente mayor, porque mis primos mayores eran demasiado mayores y los demás aún no habían nacido.
Como al parecer era muy "rico" y muy "mono" pues no había me que cogiera o me trajera algún regalo o me sacar de paseo.
Los recuerdos más remotos que tengo de mi casa, a parte del momento en le que nos fuimos a vivir allí, son dos. El primero es cuando me caí por las escaleras con el tacatá, este artilugio de metal y con ruedas que enseña a andar a los niños (unos estudios hace poco han descubierto que es peor) me hice mi primera cicatriz en la cabeza, un susto para todos. Mi madre dice que fue mi hermano el que se cayó, pero fui yo realmente, eso no me lo pueden negar porque aún tengo la cicatriz bien visible, es una de las razones por las que me fío más de mi memoria que de la suya. El segundo es cuando cambiaron la barandilla del portal ¡Ay! Que vértigo me daba subir y bajar, fue la primera vez que sentí esa sensación hasta entonces no conocía el vértigo, y me acompaña esa misma sensación hoy en día cuando me acerco a un precipicio o no tengo una protección cerca; bajaba y subía pegado a la pared, con los ojos medio cerrados porque la fuerza del abismo me llamaba a tirarme, dicho así parece que fuera muy alta la escalera pero mucho, y además casi no había hueco por donde caer.
Mi casa, todo su conjunto, se convirtió en mi universo, el garaje fue un lugar siempre misterioso, lleno de cosas y extraños olores. El portal sería mi escenario donde podía pasar horas jugando, hablando conmigo mismo, cantando y escuchando el retumbar de los sonidos. Luego la casa de mis abuelos, donde pasábamos mucho tiempo cuando mis padres salían, y la casa de arriba la mía de verdad donde estaba mi habitación (y la de mi hermano) siempre revuelta y desordenada. Y algo se me olvidaba, un pequeño cuarto, al lado de la puerta de garaje que era el más misterioso de todos para mí, olía a humedad, no había luz, siempre lleno de cajas de catones y con un sonido de tic-tac muy rápido que se oía sobre todo cuando encendíamos la luz del portal, era el cuarto de los contadores, donde acababan todas las cosas que ya no se querían tener más n casa y nunca se sacaban de allí por si acaso.
De todos estos lugares y de otros hablaré en repetidas ocasiones, porque todos ellos guardan parte de mí y fue mi primer hogar. Todavía digo que voy a mi casa cuando voy a ver a mis padres, aunque hace años que no vivo en ella.
La nueva casa a mi me encantaba, siempre me gustó vivir allí, no había vecinos, el garaje, en el primero mis abuelos y en el segundo nosotros. No era un chalet, estaba compuesta como un edificio de dos plantas con las viviendas independientes. Lo había mandado construir mi abuelo en uno de los terrenos de mis bisabuela María, que tenía muchos y los vendió todos, en su lugar construyeron edificios de muchos apartamentos excepto en esta parcela. En cada bloque vivían la mayor parte de los hermanos de mi abuelo, seis, porque les habían tocado en el reparto..
Hasta que empezamos a vivir allí, era mi tía abuela Tomasa y su marido los que la ocupaban. Se conservaron los muebles de la cocina, que aún hoy siguen estando igual, todo lo demás se cambió. La casa ni grande ni pequeña, un gran salón, una cocina, un baño, dos habitaciones, y dos terrazas, una grande y una pequeña. Mi recién nacido hermano y yo íbamos a dormir en la misma habitación. Esto fue algo que me marcaría, y no ha sido hasta hace poco que me he dado cuenta.
La casa de mis abuelos era exactamente igual, pero en vez de terraza pequeña tenía un patio, mi abuela y mi madre siempre se comunicaron a voces a través de este patio, o a través del portal, las puertas siempre estaban abiertas o con las llaves puestas en invierno.
Siempre había visitas, siempre había gente, mi abuelo era el patriarca y la familia giraba alrededor de él, así que yo desde el principio estuve rodeado de mi familia, sobretodo de gente mayor, porque mis primos mayores eran demasiado mayores y los demás aún no habían nacido.
Como al parecer era muy "rico" y muy "mono" pues no había me que cogiera o me trajera algún regalo o me sacar de paseo.
Los recuerdos más remotos que tengo de mi casa, a parte del momento en le que nos fuimos a vivir allí, son dos. El primero es cuando me caí por las escaleras con el tacatá, este artilugio de metal y con ruedas que enseña a andar a los niños (unos estudios hace poco han descubierto que es peor) me hice mi primera cicatriz en la cabeza, un susto para todos. Mi madre dice que fue mi hermano el que se cayó, pero fui yo realmente, eso no me lo pueden negar porque aún tengo la cicatriz bien visible, es una de las razones por las que me fío más de mi memoria que de la suya. El segundo es cuando cambiaron la barandilla del portal ¡Ay! Que vértigo me daba subir y bajar, fue la primera vez que sentí esa sensación hasta entonces no conocía el vértigo, y me acompaña esa misma sensación hoy en día cuando me acerco a un precipicio o no tengo una protección cerca; bajaba y subía pegado a la pared, con los ojos medio cerrados porque la fuerza del abismo me llamaba a tirarme, dicho así parece que fuera muy alta la escalera pero mucho, y además casi no había hueco por donde caer.
Mi casa, todo su conjunto, se convirtió en mi universo, el garaje fue un lugar siempre misterioso, lleno de cosas y extraños olores. El portal sería mi escenario donde podía pasar horas jugando, hablando conmigo mismo, cantando y escuchando el retumbar de los sonidos. Luego la casa de mis abuelos, donde pasábamos mucho tiempo cuando mis padres salían, y la casa de arriba la mía de verdad donde estaba mi habitación (y la de mi hermano) siempre revuelta y desordenada. Y algo se me olvidaba, un pequeño cuarto, al lado de la puerta de garaje que era el más misterioso de todos para mí, olía a humedad, no había luz, siempre lleno de cajas de catones y con un sonido de tic-tac muy rápido que se oía sobre todo cuando encendíamos la luz del portal, era el cuarto de los contadores, donde acababan todas las cosas que ya no se querían tener más n casa y nunca se sacaban de allí por si acaso.
De todos estos lugares y de otros hablaré en repetidas ocasiones, porque todos ellos guardan parte de mí y fue mi primer hogar. Todavía digo que voy a mi casa cuando voy a ver a mis padres, aunque hace años que no vivo en ella.



3 comentarios:
Mi primera casa ni la recuerdo porque apenas tenía unos meses cuando dejé de vivir en ella, de la segunda si que me acuerdo, aish, que recuerdos, ahora, en enero, hará 19 años que cambié de hogar pero sin embargo sigo recordando aquella casa de la calle agricultura que tú, con tu post, me has hecho recordar.
Un blogsaludo.
Me ha encantado este post :)
Por favor sigue contandonos
ainsss yo he tenido muchas casas, pero hogares... solo 2. El ultimo en el que vivi con mis padres (y en el que aun viven ellos) y mi actual piso.
El resto, solo han sido casas de paso que me han cobijado hasta encontrar mi verdadero sitio.
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